lunes, 7 de marzo de 2016

La palabra más hermosa


Si no tenemos paz en el mundo, es porque hemos olvidado que nos pertenecemos el uno al otro, que ese hombre, esa mujer, esa criatura, es mi hermano o mi hermana.
Teresa de Calcuta.  

He dudado mucho si escribir sobre "La palabra más hermosa" de la escritora italiana Margaret Mazzantini porque últimamente hablo y escribo mucho sobre guerra, temo ser repetitiva. Pero después de ver hoy las noticias,  he decidido no controlar ese impulso. Escribo.
 
El ficción "real" de una novela
 
"La palabra más hermosa" es un libro bello y, a la vez, tremendamente duro. Cuenta la historia ficticia -pero posible- de una pareja italiana que se enamora en Sarajevo (Bosnia-Herzegovina) y sus vivencias durante el fatídico asedio que sufrió la ciudad en los años 90. El libro narra con un lenguaje sosegado, dulcísimo en ocasiones y cruento cuando lo requiere, como Diego y Gemma mantienen su amor y buscan tener un hijo, el eje central de la historia.
 
Tengo dudas sobre quiénes son los verdaderos protagonistas: Gemma y Diego, o Sarajevo y los ciudadanos que aguantaron valientemente aquel terrorífico asedio.
 
Es un libro que deja poso. Un poso muy profundo que hace complicado escoger otra historia para leer. Cala en el alma. En estas ocasiones dudo si decir que el libro me ha gustado... Es difícil decir que te gusta algo en donde hay descrito tanto dolor, un dolor que fue real y que, sin duda, lo sigue siendo.  Pero sí, "me gusta", muchísimo. Mazzantini realiza con su relato un homenaje valiente a una guerra, como todas, sin sentido, entretejiendo palabras de esperanza y amor.
 
Reflexiono...
 
Recuerdo que en los 90, cuando veíamos lo que estaba pasando en la ex-Yugoslavia, muchos nos preguntábamos por qué no se estaba actuando. Por qué ninguno de los organismos que en teoría existen para mantener la paz en el mundo, intervino para evitar las matanzas indiscriminadas, las violaciones multitudinarias, y, en general, esa guerra por la demarcación de fronteras, por el poder, en una palabra.
 
Recordar a Mostar, Sarajevo o Kosovo en el momento en el que estamos viviendo es terriblemente penoso... Porque no hemos aprendido absolutamente nada. Ver como los países que vivieron el peor conflicto en suelo europeo después de la Segunda Guerra Mundial levantan muros para evitar acoger a seres humanos en las mismas circunstancias que ellos sufrieron hace menos de veinte años, es realmente confuso. No puedo comprenderlo.
 
No puedo evitar volver una y otra vez a la pequeña temporada en la que trabajé con personas refugiadas. Era 1999, en plena guerra de Kosovo.  Los niños jugaban entre ellos sin tener en cuenta sus nacionalidades, sus creencias o su color de piel. Niños bosnios, kosovares, turcos, congoleses, albaneses,... Daba igual. Esos niños que ahora serán adultos probablemente piensen como yo, y se pregunten lo mismo que yo ¿No hemos aprendido nada? No existe una "crisis de refugiados", ni "un problema migratorio", hay una guerra despiadada que dura cinco años y que nadie tiene verdadera intención de acabar... Hay guerra en Siria, pero también en Irak, en Afganistán, en Yemen, en Sudán,... No está en auge la paz, sino la guerra. No, no hemos aprendido nada.
 
¿La palabra más hermosa? No me decido. Elijo dos: Paz y Amor. ¿Pueden convivir una sin la otra? ¿Puede mantenerse la Paz sin el Amor entre seres humanos? He recordado un poema...
 
 
Paz para los crepúsculos que vienen, Pablo Neruda.

 
PAZ para los crepúsculos que vienen,
paz para el puente, paz para el vino,
paz para las letras que me buscan
y que en mi sangre suben enredando
el viejo canto con tierra y amores,
paz para la ciudad en la mañana
cuando despierta el pan...
(...)

 Paz para el panadero y sus amores
y paz para la harina: paz
para todo el trigo que debe nacer,
para todo el amor que buscará follaje,
paz para todos los que viven: paz
para todas las tierras y las aguas.

Yo aquí me despido, vuelvo
a mi casa, en mis sueños,
vuelvo a la Patagonia en donde
el viento golpea los establos
y salpica hielo el Océano.
Soy nada más que un poeta: os amo a todos,
ando errante por el mundo que amo:
en mi patria encarcelan mineros
y los soldados mandan a los jueces.
Pero yo amo hasta las raíces
de mi pequeño país frío.
Si tuviera que morir mil veces
allí quiero morir:
si tuviera que nacer mil veces
allí quiero nacer,
cerca de la araucaria salvaje,
del vendaval del viento sur,
de las campanas recién compradas.
Que nadie piense en mí.
Pensemos en toda la tierra,
golpeando con amor en la mesa.
No quiero que vuelva la sangre
a empapar el pan, los frijoles,
la música: quiero que venga
conmigo el minero, la niña,
el abogado, el marinero,
el fabricante de muñecas,
que entremos al cine y salgamos
a beber el vino más rojo.

Yo no vengo a resolver nada.

Yo vine aquí para cantar
y para que cantes conmigo.